La segunda guerra mundial fue un periodo en la historia que forzó a miles de niños y adolescentes a dejar atrás su infancia y unirse a las filas para proteger o servir a su país, y aunque nunca conoceremos las historias de todos ellos, sí hay algunas que podemos recordar gracias a diferentes archivos e investigaciones. Tal es el caso de Hannie Schaft tenía 19 años y las hermanas Truus y Freddie Oversteegen de 16 y 14 respectivamente.

Truus y Freddie Oversteegen fueron criadas por una mujer de profundas convicciones antifascistas y durante su infancia fueron alentadas a hacer muñecas de juguete para los niños de la Guerra Civil Española, entre otras situaciones que convirtieron a las hermanas en defensoras de los más débiles, relata el libro ‘Under Fire: Women and World War II’, de la antropóloga Ellis Jonker.

En su libro, Jonker recopila varias entrevistas con mujeres que participaron directa o indirectamente en la Segunda Guerra Mundial, sus historias y las anécdotas de cómo era la vida en ese contexto, el caso de Schaft y las hermanas Overteegen sigue siendo uno de los más llamativos entre ellos, más que nada por la técnica utilizada para proteger su país.

Luego de que comenzara la ocupación Nazi, las hermanas Oversteegen comenzaron a realizar algunas tareas para la resistencia, desde la distribución de panfletos hasta pegar carteles antinazis, pero eso no era lo que ellas querían hacer, ellas querían tener un rol activo en medio de una «guerra de hombres» en el que la participación de las mujeres estaba más que limitada.

Incluso después de un rechazo inicial, las hermanas fueron reclutadas por el comandante del Consejo de Resistencia Clandestino de la localidad de Haarlem, Frans van der Wiel, y así pasaron a formar parte de una célula de la resistencia formada por siete personas a la que después se les unió Hannie Schaft, una estudiante de derecho que fue expulsada de la escuela por negarse a jurar lealtad a Alemania.

Aunque su participación comenzó con panfletos y carteles, pronto las tres jóvenes fueron asignadas a tareas como el sabotaje de puentes y líneas de ferrocarril, pero ellas no se quedaron ahí. «Le dijimos que nos gustaría hacer eso y aprender a disparar. A disparar a los nazis», señala Truus en su conversación con Jonker.

La propia Truus reconoce que después de que mataron por primera vez a una persona «fue trágico y muy difícil. Lloramos por eso después», pero incluso después de eso no se detuvieron y, en cambio, desarrollaron una estrategia peculiar.

Las tres jóvenes aprendieron a identificar a los soldados enemigos, no solo a los nazis, sino a otros holandeses considerados traidores por apoyar el régimen alemán. Después de identificarlos se acercaban a ellos y los atraían hacia el bosque o algún lugar alejado y entonces los ejecutaban sin piedad.

«No creíamos nos adaptaríamos, nunca nadie se adapta, a menos que seas un verdadero delincuente… Uno pierde todo. Envenena las cosas bellas de la vida», reconoce la propia Truus, pero también señala que «era un mal necesario. Matar a los que traicionaron a la gente buena».

Respecto a la cantidad de gente que asesinaron, es algo que no se sabe. «Uno no le preguntaría nada de eso a un soldado», señaló Truus en aquella entrevista registrada en 2014.

Hannie Schaft, la mayor de este trío de femme fatales, fue atrapada y ejecutada el 17 de abril de 1945, con 24 años, solo 18 días antes de que los Países Bajos fueran liberados.

Las hermanas Oversteegen sobrevivieron a la guerra y en 1996 crearon la fundación Hannie Schaft en honor a su amiga fallecida.

Con información de BBC.