Por: Gerardo Coronado Benítez, licenciado en Relaciones Internacionales y ciudadano del mundo.

“Estaban rodeados de migrantes como ellos, pero mucho más necesitados. Algunos llevaban meses pasando penurias, habían intentado cruzar el río varias veces sin lograrlo o habían sido arrestados al otro lado y deportados a México, porque enviarlos a sus países de origen salía más caro. La mayoría no podía pagar los coyotes. Los más patéticos eran los niños que viajaban solos, ni el más tacaño podría abstenerse de ayudarlos.” Palabras de Isabel Allende en su novela “Más allá del invierno”.

En mi trabajo conocí a un hombre de alrededor de unos cuarenta años, lleva la mitad de su vida en Estados Unidos, dejó México al mes de haber nacido su primer hijo. Dice que él no quería venirse, que sabía que su esposa no lo iba a “esperar”, pero que, a sus veinte años, sin educación y con un niño que mantener, lo mejor que podía hacer era arriesgar a emprender el difícil camino de cruzar la frontera y vivir la vida de indocumentado. A su hijo lo ha visto crecer solo por videollamada, me contó que ya le están tramitando la visa y que le genera mucha ilusión el día que por fin pueda abrazar a aquel niño que dejó de meses y ha sido su motor día a día.

Cuando hablamos de nuestros paisanos indocumentados, no podemos ignorar todas las historias que hay detrás. ¿Consideras complicado mudarte de ciudad?, imagina tener que decir adiós a tu país, tu cultura, tu familia y saber que posiblemente nunca volverás. No podemos olvidarnos de todos esos hijos que dijeron adiós y que después de años tuvieron que llorar la muerte de sus padres desde la distancia o la historia de todos esos padres y madres que tomaron la difícil decisión de vivir los riesgos del camino hasta la frontera con un menor de edad sobre sus hombros.

Afortunados aquellos que lograron cruzar el muro con todo y sus hijos, que fuerza de voluntad la de aquellos que aun viendo las famosas cruces en el desierto, siguieron adelante, pero ahí no termina el recorrido, pues ahora todos esos menores de edad que cruzaron por decisión de sus padres tiene que enfrentar la idea de llegar a un país con un idioma diferente, comida diferente y en la mayoría de los casos ni si quiera pueden recordar el día en que llegaron o la forma en la que llegaron.

El expresidente Obama comprendió, peleó y logró darle un status migratorio a todos esos jóvenes que ingresaron de forma indocumentada con sus padres hace años y que fueron creciendo en Estados Unidos, hoy en día gracias al programa de “Acción Diferida para los Llegados en la Infancia” (DACA), alrededor de 643,560 seres humanos, pueden estudiar, trabajar y hasta conducir, esto según las cifras de US Citizenship and Immigration Services.

El actual presidente Joe Biden ha enviado al congreso lo que podría considerarse el proyecto en materia migratoria más ambicioso de la historia de Estados Unidos, pues busca regularizar la situación de aproximadamente once millones de personas. La reforma consiste en crear un nuevo estatus temporal de cinco años, que incluye un permiso de trabajo para personas indocumentadas que superen revisiones de antecedentes y estén al día con sus impuestos. Al terminar este período, los beneficiados podrán aplicar para una residencia y una ampliación del permiso por tres años más mientras reciben la ciudadanía.

Y aunque muchos analistas ya consideran que la reforma podría quedarse estancada en el senado debido a la falta de diez votos republicanos, el senador Bob Méndez dijo: “Nunca ganaremos una discusión que no tengamos el coraje de comenzar”.

Concuerdo con el senador y no queda duda que por mejorar la vida de once millones de personas vale la pena dar la lucha.

La política internacional es tema de todos, es cierto que tenemos nuestros propios problemas en casa, pero en este mundo tan interconectado las decisiones de un mandatario pueden afectar o beneficiar a más personas que las que tiene derecho a votar.

Hoy la esperanza de muchos indocumentados, organizaciones gubernamentales y defensores de Derechos Humanos recae en este proyecto migratorio, produce ilusión, fortalece sueños y sobre todo da fuerza para salir un día más a trabajar sin importar que exista el miedo de una deportación.

Rafael Laveaga, jefe de la Sección Consular de la Embajada de México en Washington, suele escribir a título personal en su cuenta de Twitter (@RafaelLaveagaR), fragmentos de conversaciones acompañadas con el hashtag #VidasMigrantes, les comparto uno de sus tuis:

“-Somos 10 hermanos. Usé zapatos hasta los 7 años. Vivíamos amontonados, en piso de tierra y techo de cartón. A veces no había ni para el nixtamal…

-¿Y ha vuelto?

-No puedo. Pero mando mi dinerito y mis jefes ya tienen su casita, con refrigerador y todo.

#VidasMigrantes”.

@gecoronado