Por: Gerardo Coronado Benítez, licenciado en Relaciones Internacionales y ciudadano del mundo.

En 2017 caminaba sobre las calles de Estambul cuando en la entrada de una mezquita vi a dos menores de edad sentados en la calle, ella alcanzaba a lo mucho catorce años y él, los siete años. Decidí acercarme, traté de comunicarme con ellos; sin embargo, no entendían inglés hablaban árabe. Cuando me aproximé a ellos pude ver algo más que tristeza en sus ojos, era tal vez trauma, frustración y/o decepción, una mirada tan devastada que nunca había visto en mi vida. Un señor que salía de la mezquita y me escuchaba tratando de comunicarme con ellos me dijo en inglés que eran sirios, que no me entendían. Les di algunas liras y seguí mi camino sin sacar su mirada de mi cabeza.

A finales del 2019, meses antes de comenzar la pandemia según los datos de la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), había en el mundo 26 millones de seres humanos considerados refugiados, lo que sería el equivalente a la suma de la población del Estado de México, Guanajuato y Querétaro (Edo Mex 16,992,418; Gto 6,166,934 y Qro 2,368,467).

Hoy, además de los problemas habituales que enfrentan los refugiados se suma uno más a la lista, llamado COVID, pues podrán no estar en su país de origen, podrán estar viviendo en campos con otros miles y miles de personas que se vieron obligados a abandonar sus hogares, pero siguen siendo igual de vulnerables y lamentablemente, no escapan a las estadísticas de contagio y mortalidad.

Sin embargo, no todo en este mundo son malas noticias, el 15 de febrero de 2021, Jordania inauguró el primer centro de vacunación anticovid del mundo para refugiados, este se encuentra en el campo de Zaatari y según cuenta Lilly Carlisle portavoz de ACNUR, el campo acoge a unos 80.000 refugiados en su mayoría sirios, también informó que cuarenta y ocho personas recibieron la primera dosis de la vacuna y la lista asciende a 2.000.

La Organización Mundial para la Salud (OMS) en su constitución asegura que: “El goce del grado máximo de salud que se pueda lograr es uno de los derechos fundamentales de todo ser humano”. Hoy Jordania con este gran acto de responsabilidad social y empatía, les pone un gran ejemplo a todos los países del mundo.

Estamos en deuda con todas esas personas que han tenido que huir de su país debido a guerras que ellos no pidieron. Son menores de edad, padres de familia, hermanos, profesionistas, gente que era feliz y llevaba una vida normal hasta que algún mandatario decidió que la guerra era la solución para alcanzar algún objetivo político-económico.

La pandemia nos ha enseñado que no nos gustan las fronteras cerradas, que optamos más por la cooperación internacional para el bienestar de todas las naciones, que preferimos recibir y brindar ayuda antes que, a quedarnos solos.

Hasta la fecha me pregunto qué habrá sido de esos niños que vi en aquellas calles de Estambul, me preguntó si alguien les habrá dado un techo, comida y algo de amor, me gustaría saber que en estos cuatro años su vida mejoró y algún día serán un referente como Ugur Sahin y Özlem Türeci, el matrimonio de médicos de origen turco, que de niños migraron a Alemania y hoy son parte importante del equipo que desarrolló la vacuna de Pfizer.

Hay esperanza, pero no podemos olvidar que estamos todos juntos en esta lucha.

Foto: acnur.org