Cuentan las historias que durante la conquista, cientos de indígenas -en parte los más rebeldes- ocultaron sus tesoros para que no pasaran a ser de los españoles.

Querétaro no es la excepción. En el centro histórico de la capital, en el semidesierto y en la zona de la Sierra gorda abundan las leyendas de tesoros enterrados, ocultos hasta que un afortunado o desubicado ciudadano se tope con ellos.

En San Juan del Río también existen estas leyendas. En especial, la del tesoro que se encuentra en la cima del Cerro de la Venta.

Muchos lo han buscado, pero nadie lo ha encontrado -hasta ahora-.

En especial, los más viejos del pueblo -ahora ciudad- recuerdan la historia de un joven -Isaac- que se aventuró a la búsqueda del oro por allá en la década de los 40’s.

Isaac era uno de esos jóvenes que amaban el dinero fácil. Le gustaba apostar, y casi siempre se jactaba de tener buena fortuna. Tenía una buena y nutrida vida amorosa, y parecía que todo le salía bien -con la excpeción de que no tenía trabajo.

Decidido a nunca tener que trabajar, y poniendo su destino en manos de la buena suerte que presumía, se fue al Cerro de la Venta para buscar el tesoro. La leyenda contaba que un viejo indio, al ver llegar a los españoles, subió y lo enterró. ¿Qué tan difícil podría ser encontrarlo?

Pasó horas ahí arriba. Levantó roca tras roca y paleó innumerables agujeros para intentar dar con la riqueza que estaba en las entrañas de la montaña. Al final de la jornada, ya cuando el sol estaba apunto de terminar su trayectoria, se encontraba sucio, sudado, y con un olor de los mil demonios. Decidió continuar al otro día.

Mientras bajaba por el sendero, oyó una voz.

-¡Isaac!- le gritaron.

Al voltear, Isaac se encontró frente a frente con un tipo raro. Alguien a quien nunca había visto. Era un hombre, a mediados de sus treintas, con una barba de candado y vestido con una capa negra y un sombrero de copa. Isaac no pudo evitar soltar una risotada al ver el extraño atuendo del hombre.

-¿Quién eres?- Le contestó. -¿Y por qué estás vestido así?-

-Mi nombre, mi querido Isaac, es Luzbel. Vengo a ayudarte-

Isaac no pudo evitar sorprenderse. No era la persona más religiosa de San Juan del Río, pero era temeroso del diablo, el infierno y todo lo que en las familias de aquella época se enseñaba como maligno. Aún así, no estaba dispuesto a creerle a cualquier extraño hombrecillo que se le apareciera a la mitad de la montaña.

-¿Ah, sí?- preguntó. -Pruébalo-.

-Ustedes, mocosos, siempre intentando tentarme. No debería, pero sólo para que no te quede lugar a dudas, se que hace unos minutos estabas pensando que olías muy mal. Mira- El hombre chasqueó los dedos y en un santiamén, Isaac estaba recién bañado y con ropas secas y cálidas.

Al notar su cambio, el primer impulso de Isaac fue correr. Sin embargo, le despertó demasiada curiosidad.
Permaneció callado, esperando la siguiente jugada del demonio.

-Así como sabía que pensabas que olías terrible, sé por qué estás aquí. Te la voy a poner muy fácil, muchacho. Vas a encontrar eso que estás buscando. Sólo obedece mi señal.

Sin decir más, el hombre desapareció.

Con renovadas esperanzas, Isaac volvió a subir a la cima. Siguió buscando, esperando la señal del diablo para que lograra dar con el tesoro. De pronto, notó que una de las piedras más grandes que había logrado mover, estaba pintada de un rojo pálido, como el color de la sangre. Hacía unas horas, había sido una roca normal. Esa debía ser la señal.

Isaac se dirigió a la piedra y, con mucho esfuerzo, logró levantarla. Para su sorpresa, se encontró con un agujero que no estaba ahí antes. Bajó por él, y con la distancia, la senda de tierra se transformaron en escalones. Unos segundos después, se encontraba frente a miles de monedas de oro puro.

Azotado por la avaricia, se lanzó corriendo hacia el primer bonche. Sin embargo, un segundo antes de tocarlo, lo interrumpió, otra vez, la grave voz.

-Mírate, tan ingenuo. Amo a los ingenuos. Son las mejores almas, porque casi siempre terminan en el infierno por equivocación.-

Isaac volteó y miró al demonio, ahora un poco más alto y con una mirada más amenazante.

-¿Ingenuo?- le reprochó Isaac. -Tú, que me diste la ubicación del tesoro…-

-Y sigues- le contestó Satán. -Te voy a dar una oportunidad. Mi plan era dejarte que te abalanzaras sobre el tesoro, que te hicieras rico, y que al final de tus días,me encontraras en tu lecho de muerte para cobrarte la deuda. Una deuda de la que ni siquiera sabías. Ahora -no puedo creer que voy a decir esto- te voy a dar una oportunidad.- Isaac escuchaba con atención. La sola idea de aquel hombre en su lecho de muerte le estremeció.

-Tendrás una vida de riquezas. Una vida llena de lujos y sin trabajo. La vida que siempre haz soñado. Al final de los días, vendrás conmigo al infierno. Para aceptar, sólo toca una moneda y toma todas. Si prefieres trabajar duro, sudar todos los días, y ganarte el pan día a día… vete ahora- le dijo.

Años después, Isaac no podía negar que lo pensó. Estuvo a punto de abalanzarse sobre las monedas. Sin embargo, su último impulso -y finalmente el dominante- fue salir corriendo de ahí. Cuando apenas salía, oyó que la voz le gritaba.

-¡Una cosa más!, vociferó Satanás. -¡No intentes buscar el tesoro otra vez! ¡Ya no estará aquí!.

Isaac llegó al pueblo corriendo, sin aliento, y con las ropas que tenía antes de encontrarse con el demonio. Al día siguiente se persignó, fue a misa, y consiguió un trabajo como ayudante de su padre.

No obstante, en su lecho de muerte, varios años después, siendo padre de familia y con una empresa propia, alcanzó a ver con el rabillo del ojo que uno de los doctores del hospital tenía una mirada familiar…