Fernando Romero y Martínez llegó a Querétaro y de pronto se hizo muy rico. Comenzó a explotar los recursos de la región como el centro textil más importante de la Nueva España, el problema era la forma en la que trataba a sus trabajadores como esclavos.

Trabajaban encadenados, sucios, con una comida miserable que les era descontada de su sueldo y hasta sus necesidades las tenían que hacer mientras trabajaban. Las jornadas comenzaban antes del amanecer y terminaban ya entrada la noche.

Los sábados en la noche eran soltados para que pudieran pasar el domingo en familia y tenían que regresar el lunes en la madrugada.

Cuenta la leyenda que la forma en la que trataba a sus empleados no era lo peor que tenía este hombre; también era un asesino que gustaba salir por las noches con su espada a matar a cualquiera que se le cruzara en el camino. Nadie se atrevía a inculparlo por miedo a las represalias que podría tomar en contra de las familias.

Un buen día, Don Fernando decidió ser regidor del Ayuntamiento y no le costó nada obtener el título. Ya con el nombramiento comenzó a desatar una ola de severos castigos a quienes no pagaban los servicios al municipio.

Durante su mandato uno de los Arcos del Acueducto sufrió un daño de causa inexplicable que hacía que se filtrara el agua y no pudiera llegar a la ciudad. Contrató albañiles que repararan el desperfecto rápidamente, pero era un trabajo arduo el que se tenía que hacer, cayó la noche y Don Fernando se encontraba enojado de que el albañil no hubiera terminado el trabajo así que subió y lo empujó de la parte superior del acueducto frente a todo el pueblo que contemplaba el momento.

Todos en el pueblo lo odiaban y le deseaban la muerte, hasta el final de su periodo se rumora que el grito del albañil se convirtió en el tormento del hombre, pero en realidad poco se sabe de él desde ese momento.

Artículo publicado originalmente en Quereteando