Todos son populistas

Este martes causó revuelo una carta que el presidente de Grupo México, Germán Larrea, mandó a todos sus empleados en donde les pedía meditar el voto, y no dárselo al ‘populismo’.

Durante este proceso electoral, ya hemos interiorizado -por la incansable repetición por contrincantes y medios- que cuando alguien habla del ‘populista’, se refiere a Andrés Manuel López Obrador, puntero en las encuestas y quien encabeza la contienda por parte de la Coalición ‘Juntos Haremos Historia’.

Sin embargo, los demás candidatos no están libres de pecado. Y aún así han soltado pedrada tras pedrada.

No es mi afán aquí defender a López Obrador ni mucho menos, sino destacar que el populismo se ha convertido en una parte recurrente de la política electoral mexicana. Hasta por parte de los candidatos ‘pro-sistema’: Léase, José Antonio Meade de ‘Todos por México’ y Ricardo Anaya de ‘Por México al Frente’.

El concepto de populismo es uno sumamente abstracto dentro de las ciencias sociales. No sólo no hay una definición clara, sino que es una palabra cuyo significado depende en gran medida dentro del contexto en el que se utilice. Bueno Romero (2013:15) incluso lo llama un ‘comodín’ dentro del argot político para denostar a un candidato o un proyecto. Dice el autor que académicos e investigadores “han configurado, desfigurado y reconfigurado habeas teóricos que aumentan o restringen la capacidad explicativa según la conveniencia argumentativa, y fuerzan las realidades para adaptarlas a un concepto como si este fuera lo suficientemente claro, cuando no lo es”.

El primer mito que debemos de romper, es que el decir populista implica, necesariamente, un proyecto de izquierda. No es que López Obrador sea digno representante de esta (aliándose con un partido de extrema derecha como el Encuentro Social), pero sin duda así lo pintan. El populismo, en realidad, está presente tanto en la izquierda como en la derecha (especialmente la extrema derecha). En la izquierda latinoamericana (Maduro, Correa, Kirchner, Morales), y en la derecha norteamericana y europea (Trump, Frente Nacional de Francia, Alternativa para Alemania, y el Partido de la Libertad de Holanda, por no mencionar los partidos gobernantes en Hungría y Polonia).

Tan volátil es la herramienta del populismo, que el profesor Cas Mudde (en Champion, 2017) de la universidad de Georgia lo llamó ‘una caja de herramientas para hacer política de cualquier sabor’.

El profesor asociado Benjamin Moffatt (también en Champión, 2017), de la Universidad de Uppsala en Suecia, identificó tres formas de ‘identificar’ a un populista: 1) Un llamado a la gente contra la élite; 2) el uso de lenguaje simple y retador para mostrarse ante la gente como ‘uno de ellos’, y 3) el presentar al panorama actual que enfrenta un país como una ‘crisis’ para justificar un cambio.

Otra característica esencial radica en las promesas que, dentro de la carrera electoral, hacen los candidatos populistas: Queriendo ‘ser parte’ de la gente, y pintarse como ‘el gallo que vencerá a la élite corrupta’, hacen promesas que la gente quiere oír, pero que no necesariamente pueden -o saben si pueden- cumplir.

¿Notan alguna de estas características en alguno de los candidatos para la presidencia?

Vayamos uno por uno (por orden alfabético, para que no digan):

1) Ricardo Anaya Cortés:

Por su posición partidista, Anaya no puede hacer la división de ‘élite’ y ‘pueblo’ de manera tan tajante como López Obrador. Sin embargo, la principal característica del populismo se mantiene cuando, en su discurso, convierte al PRI en esa ‘élite’ que hay que sacar del poder. En los propios spots del panista, dice estar de acuerdo con López Obrador en que un cambio completo es necesario, y que más bien, la diferencia es el ‘cómo’.

Anaya también ha utilizado un lenguaje arriesgado en sus discursos, especialmente en sus participaciones en el debate. Sin llegar a caer en la vulgaridad, acusa a sus oponentes de ser hipócritas, corruptos y mentirosos. De esta forma, el panista llega casi a negar que México vaya bien en cualquier aspecto, pintándose como el salvador.


Para lograrlo, sabe que arrastra un gran lastre: Que su partido ya gobernó. Por ello, ha ‘roto’ con la política anterior de su partido (que quizás también tiene que ver con la ruptura con Calderón), admitiendo que varios errores se han cometido.

En el tema de las propuestas, Anaya ha hecho varias que podrían considerarse que entran dentro del espectro del populismo (muy llamativas y no muy bien sustentadas), tales como el Ingreso Básico Universal, bajar los impuestos (así, en general), y bajar el precio de la gasolina. ¿Pueden ser propuestas serias? Claro. ¿Ha logrado comunicarlas como tal? A mi parecer, no. Por ejemplo, ¿cómo pensaría Ricardo Anaya compensar las pérdidas por disminuir los impuestos? ¿o de dónde planea sacar el dinero para pagar el Ingreso Básico Universal?

2) Andrés Manuel López Obrador:

Hay que ser claros en que, dentro del esquema de populismo del que estamos hablando, a López Obrador le queda como anillo al dedo -eso sí. Su discurso se basa en que el representa al pueblo, y el pueblo vencerá a las élites corruptas: el PRIAN y la Mafia del Poder. Con ‘puntadas populacheras’ como esconder la cartera a Anaya en el debate, y llamarle ‘Ricky Rickin Canayin’, queda claro que el tema del lenguaje para pintarse como ‘el candidato del pueblo’ es, para él, cosa de cada día. Además es el que más claramente cumple con el tercer punto,

Las propuestas, creo que no hace falta decirlo, también caen en este juego: La construcción de las refinerías, la marcha atrás a las reformas, la marcha atrás al Nuevo Aeropuerto, bajar el precio de la gasolina, la capacitación pagada a jóvenes que no estudian y trabajan… en fin.

3) José Antonio Meade:

Tenemos que especificar que el caso de Meade es el más sutil. Su lenguaje es más moderado que el de sus contrincantes, aunque no deja de señalar que él es la única salvación que tiene México, y reconoce el país enfrenta tiempos difíciles -aunque ha sido cuidadoso al no decir que estamos en una crisis. También parte de su lenguaje no deja de ser populista: el acto de arranque de precampañas, por ejemplo, en el que se visitó con la vestimenta típica indígena de una región de Chiapas, algo característico de movimientos señalados como populistas en América Latina.

En el tema de las propuestas, sin embargo, también ha hecho algunas que pueden verse o leerse como populistas. El tema, por ejemplo, de lanzarse contra miembros de su propio partido al asegurar que ‘todos los malos irán a la cárcel’ -cuando sabemos que, por compromisos partidistas, es improbable que suceda. También su propuesta de dar un salario a todas las jefas de familia es vista como populista, pues el candidato no explicó de donde saldría este recurso adicional cuya suma sería muy importante.

4) Jaime Rodríguez Calderón ‘El Bronco’

Por supuesto -creo que ni hace falta decirlo- El Bronco también cae en un populismo soberbio. Para él, las élites corruptas son los partidos políticos, y ha llegado al punto de llamarle a su movimiento ‘la nueva independencia de México’ (¿recuerdan lo de la revuelta?). Su lenguaje -explicar el salario mínimo con ’Six de tecate’, decir que ‘Gasta más en su vieja que en su caballo’ y un sinfín más de declaraciones que han llenado titulares- lo haría el populista por excelencia en esta lista, a lo que se suma su imagen de hombre de caballo, regiomontano, un total macho mexicano hecho y derecho.

Con sus propuestas no es distinto. ‘El Bronco’ desató caos en el primer debate con la promesa de cortarle la mano a los ladrones, y como todos los demás: Bajar impuestos (IVA e ISR), dar transporte gratuito a estudiantes, y un amplío etcétera. El problema, como siempre, radica en que ha fallado en explicar el cómo piensa pagar por todo lo que promete, y más aún si una de estas propuestas es, justamente, disminuir la recaudación del Gobierno.

Todo esto, me lleva a dos últimas preguntas:

1) ¿Entonces, quién no es populista?

La respuesta es que en México -y al parecer en la mayor parte de América Latina- es difícil hacer política electoral sin caer en el populismo; porque, ¿quién se atrevería a decir que no representa al pueblo, quién de los candidatos se atrevería a no hacer propuestas llamativas con el afán de ganar votos? Nadie.

2) Entonces, ¿el populismo es malo?

La respuesta a esta pregunta es casi tan ambigua como la definición misma del populismo. Primero (cito de nuevo al profesor Cas Mudde), teneos que aceptar que el populismo nace de la democracia. Hasta me atrevería a decir que al mismo tiempo, y que es necesario para la vida democrática. Segundo, que así como nace de ella, el populismo puede llegar a destruir la democracia, pues los discursos disruptivos -cuyo contenido depende de quién los diga- si se ridiculizan demasiado, pueden poner en juego la vida democrática.

La respuesta está en los ciudadanos, en saber identificar cuáles son las propuestas reales, tangibles; y cuáles son objeto de la efusividad de las campañas electorales. Asimismo -algo que con gusto veo que los jóvenes hacen cada vez más- exigir no sólo la promesa o la propuesta, sino el cómo de la misma: Cómo se va a hacer, cómo se va a pagar… y por supuesto, no dejándonos llevar por la sala imagen o el lenguaje de un candidato, sino su trayectoria, su preparación y su historia.

 

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Fuentes teóricas:

Bueno Romero, M (2013) El populismo como concepto en América Latina y Colombia. Estudios Políticos, 42, ISSN 0121-5167 Recuperado de http://www.scielo.org.co/pdf/espo/n42/n42a06.pdf

Champion, M (2017) How to Know a Populist When You See One. Bloomberg. Recuperado de https://www.bloomberg.com/news/articles/2017-02-10/how-do-you-know-a-populist-when-you-see-one-quicktake-q-a