Principios de diseño urbano: Integralidad

Por Consejo Editorial de Urban Lanscape Constructions

Una de las dimensiones más críticas del proceso de diseño es su integralidad. Pero ¿qué se entiende por integralidad? Quizá sea más sencillo explicarla si nos referimos a su antagonista: la fragmentación, característica ésta última de una abrumadora mayoría de ciudades latinoamericanas, donde el crecimiento caótico con el que se van extendiendo y transformando las ciudades debido a la inmersión en un mundo globalizado para el que no estamos preparados, no ha permitido llevar a cabo una conceptualización total, estructurada, incluyente, que permita abordar el fenómeno urbano de manera holística.

En este sentido, la integralidad se acerca más a lo que Donella Meadows, biofísica y científica ambiental, calificó como sistema: “Un sistema es un conjunto de cosas, gente, células, moléculas, etc., interconectado de tal manera que produce un patrón de comportamiento a lo largo del tiempo.

Un sistema puede ser sacudido, limitado, activado o impulsado por fuerzas externas, pero la respuesta del sistema a estas fuerzas es característica de sí mismo y esa respuesta es rara vez simple en el mundo real.”1

En efecto, la materia de estudio de la planeación y el diseño urbano son los asentamientos humanos y éstos son uno de los mejores ejemplos de sistemas complejos que existen, ya que cualquier cambio en alguno de sus elementos, repercute en sí mismo y en todos los otros que lo constituyen y que son a su vez sistemas con sus propias lógicas y estructuras.

El abordaje a la problemática urbana debe ser entonces integral, pues no podemos abocarnos a dar solución a elementos aislados de la misma, como el estudio de un barrio, un nodo o la regeneración de un punto de conflicto en la ciudad, sin considerar el contexto sociocultural, económico, político, espacial más amplio en el que está inmerso, así como calcular el impacto que en los mismos ámbitos podría tener la intervención durante el proceso de ejecución y una vez concluida ésta, en el entendido de que es imposible prever el comportamiento de la misma a futuro de manera exacta. Se pueden detectar los “puntos de apalancamiento”, de los que hablaba Meadows, es decir, aquellas causas que se pueden cambiar para que el sistema mejore su eficiencia, pero predecir con exactitud su evolución futura es prácticamente imposible en tanto que un sistema, a diferencia de lo que sucede con las máquinas, es responsable de su propia evolución y comportamiento.

De ahí que en el futuro, el rol del urbanista se perfile más como el de un coordinador de expertos multidisciplinares y ciudadanos, centrados en procesos de conocimiento colectivo, sumando competencias científico-técnicas y genéricas de la sociedad civil con el objeto de promover el diálogo, el debate y la negociación, puesto que el planteamiento urbano como tal trasciende el espacio físico abarcando multiplicidad de sistemas y cuya visión es indispensable para entender el comportamiento de la urbe como un ente palpitante desde una perspectiva integral y sustentable, atendiendo los aspectos sociales, ambientales y económicos.

Esta manera de abordar el fenómeno urbano permite afrontar de mejor forma las problemáticas asociadas al desarrollo y favorece la búsqueda de mayor eficiencia económica porque permite visualizar el todo de manera que se detecte cuáles son las acciones capaces de detonar una dinámica económica sostenible que mejore la calidad de vida de los habitantes, que es a final del día, el objetivo de nuestro quehacer dentro del campo del urbanismo.