La Planchada, la mujer que embruja los hospitales de México

La Planchada, la mujer que embruja los hospitales de México

El colectivo urbano concibe a los hospitales como lugares negativos: De miedo, muerte, enfermedad y desesperación. Es por ello que buscamos siempre evitar ir a uno, y cuando nos toca ir, se siente una clara incomodidad en el ambiente. Por eso, no es de sorprenderse que estos hayan sido escenarios de toda clase de historias: desde amores nacientes, hasta espectros, fantasmas y locura.

Sin embargo, de todas ellas resalta la de La Planchada, relato que vive dentro de la cultura mexicana, pues así se le llama al fantasma que habita en los hospitales a lo largo y ancho del país, y por el que incluso se han llegado a cerrar pisos enteros de los nosocomios más importantes.

Como suele pasar con toda historia de tragedia, el amor es parte fundamental de la leyenda de La Planchada. Para ella, que en vida era joven, trabajadora, bien parecida y educada; el hospital fue un lugar clave para su pasajera felicidad, que culminó de manera repentina y tormentosa.

En vida le llamaban Silvia. Vivió durante los años 50’s, y por muchos años fungió como enfermera en diferentes hospitales y clínicas del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS). Soñadora y carismática, Silvia se llevaba el elogio de los pacientes, a quienes atendía con gusto y desinterés… hasta que llegó un hombre, el doctor Joaquín.

Experto en su ramo -la cardiología- Joaquín era guapo y bien parecido. El ejemplo perfecto del médico rompecorazones que todo hospital tiene que tener. Aunque no lo decía mucho, Joaquín llegó al hospital donde trabajaba Silvia de manera pasajera.

Cumpliendo con el cansado estereotipo de la enfermera que se enamora del doctor, Silvia cayó directo a los pies de Joaquín cuando le conoció. Le atraía todo de él: desde la sonrisa que le dedicaba a los pacientes cariñosamente, inundándolos de esperanza, hasta su forma de caminar a través de la puerta de entrada para dirigirse a su coche. Lo que ella no sabía, era qu eéste tenía la misma fascinación por ella.

Se enamoraron. Las primeras palabras que intercambiaron fueron torpes de ambos lados, y eso ayudó a romper el hielo entre los dos. Cansado de encontrársela en los pasillos sin poder hablarle, Joaquín la invitó a salir, a lo que Silvia accedió, gustosa.

La felicidad y el amor que Silvia sentía por su nuevo novio la llenó de vitalidad, que se traducía en un trabajo impecable, buen humor las 24 horas del día, y horas extras en el hospital. El director estaba encantado con la pareja -aunque profesionalmente fuera riesgoso- y le dio su bendición a los dos.

Un buen día, con unas copas encima mientras cenaban, Joaquín se dejó llevar por el impulso. Súbitamente, y sin tenerlo planeado, se puso de rodillas ante Silvia. Sin anillo, le pidió que se casara con él, que vivieran juntos desde ese día, y que pasaran toda una vida llenos el uno del otro. Hecha un mar de hermosas emociones, la enfermera aceptó, lanzándose a sus brazos. Mientras se abrazaban, Joaquín cayó en la cuenta del mal que había hecho: en realidad, él estaba comprometido con otra persona en su ciudad natal.

Pasaron los días. La alegría que Silvia sentía por su reciente compromiso, no la compartía Joaquín, quien se comenzó a mostrar distante, malhumorado y hasta violento. Por tratar con poca sensibilidad a los pacientes, se hizo acreedor a sanciones por parte del hospital, y pronto se convirtió en un trago amargo que nadie estaba dispuesto a tolerar. Silvia, confundida por el repentino cambio de su prometido, un día se acercó para preguntarle que pasaba.

Preso de la desesperación y el remordimiento, Joaquín le dijo la verdad. Salió sin mirarla, dejándola abandonada en el pequeño cuarto donde habían hablado. No fue hasta algunas horas después que otras enfermeras encontraron a Silvia en estado de shock ante la sorpresa y la tristeza que de pronto la embargaron.

Al día siguiente -que resultó ser el último de Joaquín en el hospital- Silvia se acercó a él, tan bella como siempre y sin rastro de la pésima noche en vela que había pasado llorando a su amor perdido. Casi rozando sus labios, lo tomó fuertemente de la bata. Acercó su boca al oído y, de una manera hasta cariñosa, le susurró: “Te maldigo para siempre, jamás serás feliz. Vivrás con la eterna culpa que yo te provocaré, te odio, te atormentaré en esta vida y aún después de muertos”. Dejándolo boquiabierto, salió del hospital.

Unas semanas después, que se desenvolvieron con la mayor normalidad -con excepción de que Joaquín ya se había regresado para casarse-, Silvia apareció diferente. La jovialidad que era característica de ella se había desvanecido, y su sonrisa siempre presente se había transformado en una mueca grotesca. Sus ojos eran enmarcados por unas notorias ojeras y su uniforme, por extraño que parezca, estaba aún más blanco de lo habitual. Ese día, a pesar de que se presentó en el lugar de trabajo, no hizo absolutamente nada. De hecho, nadie la encontraba.

Tras unas horas, en las que se puso alarma en todo el hospital para intentar dar con la enfermera perdida, una enfermera soltó un grito que retumbó en las paredes

-¡Silviaaaaaa!

Todos acudieron corriendo, intentando ver qué había desatado tal sorpresa y desesperación. El director del hospital, atemorizado, logró ver el cuerpo inerte de Silvia colgado desde un tubo de ventilación, encima de un charco de sangre que seguía creciendo con cada gota que caía de las muñecas abiertas de la enfermera deseorazonada. En la pared adyacente, escrito con sangre de un rojo brillante, se leía: “JOAQUÍN, TU HICISTE ESTO. TE ODIO”.

Silvia fue enterrada y recordada en su velorio como la mujer que siempre fue. Sin embargo, no pasó ni un año antes de que doctores y enfermeras empezaran a verla rondar por los pasillos, vestida de un deslumbrante blanco, invitando a la gente para que la siguiera. Su rostro era tan bello como siempre, pero su mirada y gesto era ahora inexpresivo, ausente.

Cuenta la leyenda que muchos empleados desaparecieron después de ver a Silvia. Al seguirla por los obscuros pasillos del hospital, se encontraban con una muerte segura. Unos años después, comenzaron a reportarse desapariciones en otros hospitales de México, hasta que personas que conocían la historia comenzaron a alertar a los demás de no seguirla, nunca seguirla.

Sin embargo, se cuenta que su afición por su profesión sigue siendo enorme. A fin de cuentas, continúa siendo el espíritu bondadoso que fue en vida. Según se dice, ella cuida a los enfermos cuando el personal de los hospitales no lo ha hecho correctamente. Cuando se han olvidado de proporcionar medicamentos, ella se los da a los pacientes. Un sin número de doctores, internos y enfermeros, aseguran que algunos de los enfermos cuentan con singular alegría sobre la jovencita que “en la noche va a revisarlo, a darle su medicina”.

Es por eso que La Planchada es también un “fantasma” muy querido en México. Ángel y demonio al mismo tiempo. Sus apariciones se han reportado en diferentes hospitales de México, y suelen estar ligadas con milagrosas curas de pacientes a quienes no se les atendía.