La ‘monja fantasma’ de Santa Clara

Son miles las historias que se han contado de generación en generación en nuestra magnífica ciudad. En pleno siglo XXI, vivimos un contraste: lo nuevo y lo arcaico se fusionan en una cultura mixta que nos hace ser “ciudad” y “pueblo” a la vez. Ciudad, con todos los grandes corporativos, edificios e industrias que inundan la ciudad y su periferia. Pueblo, por todas hermosas leyendas que siguen encantando Querétaro, principalmente las calles de su centro histórico.

Si todas las historias fueran ciertas, no cabe duda que por las madrugadas habría mas fantasmas transeúntes que borrachines buscando algún bar que siguiera abierto. Escandalizados, los fantasmas se preguntarían qué le ha pasado a la humanidad. ¡Qué tanto ha cambiado desde que ellos vivían!

Sin duda, uno de los fantasmas más desconcertados y furiosos por este “deterioro” moral de una época que ellos verían como llena de libertinaje, sería el fantasma de la Monja Clarisa que, de acuerdo a la leyenda, ronda por las calles que circundan al Templo de Santa Clara, antiguo convento donde esta orden de religiosas permanecía recluida de las tentaciones del siempre peligroso exterior.

De acuerdo a la leyenda, hasta este día se pueden oír sus pasos vacíos por el andador Madero o la Calle Ignacio Allende, siempre y cuando la música de los bares y restaurantes ya se haya apagado, y el único sonido además del susurro de la noche sea un automóvil lejano o las sirenas de la Policía allá por La Alameda.

La primera vez que se tuvo registro de que alguien tuvo un encuentro con la monja fantasma, fue en otra época de “peligro” para la ciudad (y para las clarisas). El sitio de Querétaro, cuando el ateísmo y la laicidad estaban a las puertas de una ciudad tan conservadora, que había aceptado más el gobierno de un emperador extranjero, monárquico y conservador, que el de un connacional.

El Doctor Jaime Zúñiga Burgos, actual cronista del municipio de El Marqués, recupera la leyenda en su libro “Anécdotas y leyendas queretanas”. El escritor asegura que la historia se la hizo saber su abuela, quien a su vez la escuchó de sus padres.

La leyenda, parafraseada del relato del doctor Zúñiga, cuenta que en los tiempos del Sitio, no era poco común que los soldados republicanos, fieles al mando del General Mariano, se pasearan por las calles de la ciudad. Algunos en calidad de espías, algunos en calidad de amantes fortuitos que, por la noche, se colaban -con o sin permisos- a las casas de las habitantes.

Apenas caía la noche de uno de esos largos días de primavera de 1867, cuando un soldado que no buscaba la complacencia bruta del deseo carnal, sino un verdadero romance, caminaba junto con su compañero por la calle que es hoy Madero, frente al mencionado convento de Santa Clara.

Como ‘caída del cielo’, los dos hombres encontraron a una monja clarisa que se encontraba afuera del convento, como buscando ayuda. Los dos hombres, caballeros, preguntaron a la joven religiosa si podían ser alguna ayuda.

Agradecida y abierta -como no era lo común en esos tiempos de guerra y religión-, la joven les pidió, por favor, que la acompañaran para “cargar un bulto” que se encontraba a unas cuadras de ahí. Alguna especie de alimento para los animales del convento. Ellos, gustosos y a sabiendas que esa ayuda sería una oportunidad de entablar conversación más profunda, accedieron.

La monja, al contrario de sus expectativas, caminó rápido y sin esperarlos. Por un momento, a ambos les costó seguirle el paso a través de las calles y callejones. Finalmente, cuando doblaron la última esquina, el primero de los hombres se encontró sólo en un ca calle abandona, apenas iluminada por la luz de la luna.

No había ni rastro de la monja ni de su compañero.

Desconcertado más que espantado, pues él ya había visto la muerte a los ojos en episodios más temerosos de aquella, giró una y otra vez buscando a sus acompañantes y -en el fondo- temeroso de que su amigo se le hubiera adelantado en el andar de la pasión.

Poco tiempo pasó antes de que se diera cuenta que no había sido así. Regresó sobre sus pasos por un par de calles, para toparse de pronto con el cadáver de su compañero degollado. La sangre había empapado el adoquín de aún ahora decora las calles del centro, y el templo de santa clara funcionaba como un obscuro telón de fondo para aquella escena de terror, que venía a complementarse con la mirada espantada -pero ya carente de vida- del compañero de armas.

Temeroso de que le fueran a acusar de traición al encontrarse el cuerpo, el soldado -ahora sí, con miedo- acudió a las autoridades, quienes -a su vez- llamaron a las puertas para interrogar a las clarisas.

Vaya congregación la que se armó en la entrada del Templo de Santa Clara! Decenas de novicias y madres se congregaron para escuchar el relato del soldado. Algunas, a sabiendas de que se trataba del enemigo, aplaudían la acción de su misteriosa hermana, mientras que otras, con terror la reprobaban.

Sorprendió al soldad que no encontró entre la multitud el rostro hermoso de la mujer que asesinó a su amigo. Tras una breve descripción, la madre superiora mandó a traer un cuadro de su predecesora, que había muerto hacía algunas décadas.

Imagínense el rostro del joven al percatarse que el rostro pintado sobre óleo era el de la mujer que había visto hacía apenas unas hora,s pero que ahora -sabía- llevaba muerta ya más de veinte años. La explicación llegó a voz de las monjas unos minutos después, diciendo que la retratada había muerto mientras prometía que desde el más allá, iba a cuidar que nadie profanara el Templo ni convento y -mucho menos- a las hermanas enclaustradas.

Se cuenta que es aquella religiosa cuyos pasos se oyen por la noche en el andador Madero y sobre Ignacio Allende, como un invisible centinela al convento ya extinto, pero eficaz guardiana del Templo y tesoros de Santa Clara.