La Calabaza ¿cómo olvidarla?

La Calabaza ¿Cómo olvidarla?

La cafetería la Calabaza abrió sus puertas a los queretanos en 1974; ubicada en el pasaje San Francisco, propiedad de los Cobo Frade, en 16 de septiembre oriente, su primer propietario fue el artista plástico Carlos Marín Castañeda, autor de diversas pinturas surrealistas y de una gran marca de figuras de cerámica que después vendería (la patente) al Palacio de Hierro.

El ingeniero Marín, como lo conocí cuando yo tenía unos 4 años de edad, llegó a vivir a Querétaro a principio de los años setenta con su esposa, Alicia Delgado Hernández, propietaria de la famosa fábrica de cocinas integrales Delher que seguramente también recordarás.

La cafetería era, digamos, de avanzada.

Ofrecía una gran cantidad de ‘cocteles’ de café: la pantera rosa, con granadina y leche, el beso de ángel con licor azul, con coco, con naranja, valúa, en fin una gran cantidad de cafés sin faltar los tradicionales americano, expreso o capuchino.

También era famosa la cafetería por sus preparados de agua de sandia, piña, melón, etcétera. Ofrecía un servicio más moderno, desde la música y la atención de las meseras, que la Mariposa que inclusive quiso competirle a La Calabaza al poner una sucursal en la esquina de 16 de septiembre y Juárez. La que quebró unos meses después de haber abierto.

Mis padres, don Pablo Osejo y doña Margarita Domínguez, la compraron el mismo año de su apertura. El ingeniero y su esposa estaban cansados de lidiar con empleados, impuestos y otros asegunes de los negocios y decidieron vendérsela a sus vecinos, es decir a mis padres.

Lo primero que hicieron los nuevos dueños fue contratar personal más joven y más bonito; ponerle minifaldas muy decentes a las meseras y vender el mejor café de la región, el producido en la sierra de Querétaro.

Mi padre innovó en el tema de la cafetería al poner en una sección de la cafetería una librería; quien quisiera ir a leer su libro favorito podía hacerlo en la sección de ‘la alfombra’. Podías comprarlo o simplemente regresar cada tarde a leerlo mientras te tomabas una taza de acaté americano.

Los domingos era una tradición para las familias queretanas ir a comer una hamburguesa con papas, un helado, unas enchiladas, una tampiqueña, unos burritos, etc., etc. a la sección de la terraza, que daba a la calle de 16 de septiembre.

Durante años fue el lugar favorito de los queretanos; muchos declararon ahí su amor, pidieron matrimonio o conocieron el amor de su vida.

Los jóvenes se formaban por horas para poder entrar al restaurante.

Para 1984 la Calabaza cerró sus puertas debido a la severa crisis financiera por la que atravesó el país ese año. Pero todavía hoy me sigo encontrando con gente que al escuchar mi apellido me pregunta por el restaurante. Un ícono de nuestro Querétaro antiguo.