El indígena al que Porfirio Díaz regaló la presidencia

El trabajo del artista le gustó tanto, que le regaló la presidencia

Corría el año de 1886. El general Porfirio Díaz tenía dos años de haber regresado a la presidencia de México, tras el corto periodo del también militar Manuel González (1880-1884).

A finales del siglo XIX Diaz gobernaba a un México desmoralizado por los años de guerra. Primero la de independencia, luego la invasión estadounidense para después pasar a la Guerra de Reforma y -finalmente- llegar a la la intervención francesa, que culminó en el queretano cerro de las campañas en 1867.

Era un México a donde las noticias del mundo apenas alcanzaban a llegar. Donde tomaba semanas enterarse de algún acontecimiento importante en, digamos, Estados Unidos. No obstante, con todo y este “desfase” en las comunicaciones -en ese entonces, lo común- México no fue exento de los movimientos a favor de los trabajadores y la inevitable corriente Marxista-comunista que, en su momento (junto con muchos otros factores) llevó a la Revolución Mexicana.

Una huelga que terminó en violencia el 4 de mayo en Chicago, ciudad norteamericana de Illinois, puso “muy de moda” el tema de los derechos laborales en las fábricas y empresas mexicanas. Especialmente en Jalisco, muchos obreros ya amenazaban con arrancar huelgas como sus homólogos “gringos”.

En un intento por evitar esta serie de levantamientos fue que el General Díaz planeó una gira por los principales estados de la ciudad. Como buen político y excelente estratega que era, Porfirio Díaz mandaba el mensaje de músculo y estabilidad. Para su gobierno, era clave que los extranjeros -especialmente los franceses- vieran en México un país próspero, sin los problemas sociales que, evidentemente, existían.

Cuando a Guadalajara, capital Jalisence, le tocó el turno de recibir al mandatario, la aristocracia tapatía estuvo a cargo de organizar una gran fiesta a su llegada.

Invitaron a la ceremonia de bienvenida a Pantaleón Panduro, escultor de origen indígena célebre en la región de Tlaquepaque por la rapidez y calidad de sus retratos de barro.

Cuenta la leyenda que aún en medio de la gran ceremonia, el artista empezó a moldear en barro un impresionante busto del presidente, que poco a poco comenzó a ser admirado por los asistentes no sólo por la rapidez con la que sus artesanales manos moldeaban el material, sino por el gran parecido que este tenía con el general, a quien llegó el rumor de que estaban haciendo un busto en su honor.

Fue entonces Porfirio Díaz a reunirse con Pantaleón. A vista de todos y ya con el trabajo terminado, le ofreció cualquier cantidad que este le pidiera para quedarse con el trabajo.

Lejos de tener grandes intereses económicos y captando la admiración que Don Porfirio tenía por su retrato escultural, el indígena pidió al presidente una y sólo una cosa a cambio: la presidencia de la República.

El historiador Ramón Mata Torres, quien recuperó la historia, apunta que Porfirio Díaz aceptó darle a cambio tan significante regalo.

Ahí, en medio de la fiesta, Pantaleón se convirtió en presidente de la República durante una hora, dando a cambio su trabajo por tal honor.

Tras estos hechos, el escultor -ya de regreso a su condición de civil- se dedicó por varios años a elaborar bustos del Presidente Díaz.

El trabajo en cuestión está ahora forma parte de la decoración del legendario Hotel Geneve, en la Ciudad de México. Es propiedad del empresario Carlos Slim.