El fraude del “agua milagrosa” de Tlacote

Texto tomado de el blog de Alejandro Agostinelli.

¿Alguien se acuerda del cuento de Tlacote? Empezaba así: “Cierto día, un presunto ingeniero mexicano descubrió que en su campo brotaba una maravillosa vertiente de agua, tan maravillosa que curaba todos los males de este mundo….” En el ejemplar de El Ojo Escéptico de enero de 1994, cinco meses después del efímero escándalo que involucró a miles de argentinos con familiares afectados por cáncer u otras enfermedades graves, propusimos un brindis a su memoria. Ahora, a casi dos décadas vista, aún hay quienes invocan las propiedades curativas del “agua de Tlacote”. Reeditamos el texto para contrarrestar la mala información y por que la historia del caso es un buen ejemplo de los “milagros fugaces” que saquearon la esperanza de miles de enfermos terminales.

“Aeropuerto de Ezeiza, 3 de setiembre. Dos hombres que dijeron tener sida amenazaron con morder a un guardia si no entregaban en el acto sus bidones de agua, que debían permanecer 72 horas en la Aduana para su control. En medio del revuelo, los pasajeros aprovecharon para llevarse sus bidones.” (Clarín, 4/9/93). Ésta fue la noticia de mayor impacto publicada sobre las aguas presuntamente curativas de Tlacote (localidad del estado mexicano de Querétaro) en la Argentina. El escándalo había comenzado varios meses antes, salpicado en programas radiales y semanarios sensacionalistas. Pero alcanzó la tapa de los diarios el 20 de agosto, cuando el gobierno decidió imponer restricciones porque su ingreso masivo violaba normas básicas de seguridad sanitaria. La medida provocó una creciente ola de indiganción entre centenares de pacientes ilusionados. El gobierno se dio cuenta de que había pocas cosas más impopulares que oponerse al ruego de enfermos graves y retrocedió, prorrogando el permiso indefinidamente. La bendición estuvo a cargo del propio Carlos Menem, quien argumentó que “la fe mueve montañas” y recordó el caso del “eminente” doctor Juan Carlos Vidal (el inventor de la Crotoxina), “que ahora reside en los EE.UU. y cuyo medicamento se comercializa exitosamente en Alemania”.

Como era de prever, a varios meses de la cresta de furor, la parte visible de la controversia se redujo a unos pocos avisos de agencias de turismo que organizan charters de desahuciados, aguateros profesionales que en el rubro 60 de Clarín ofrecen a la venta “auténtica agua de Tlacote”, y al libro de Emilio Díaz Fernández (El agua de Tlacote, Edamex, 1993), uno de sus tantos promotores. Esa es la punta del iceberg. La parte oculta, la de todos los días, es la de centenares de enfermos y familiares de enfermos que la buscan, y médicos que aún la recomiendan. Todo lo cual sin tener en cuenta la comprobación de que no era más que agua. Bueno, nada más que agua, no: era casi tan potable y cristalina como la del Riachuelo y contenía Pseudomonas aeruginosa, bacilo que delató la presencia de contaminación fecal. Y si bien la Secretaría de Salud advirtió que el agua debía ser hervida o potabilizada con dos gotitas de lavandina, mucha gente aseguró que acataría las indicaciones del “ingeniero” Jesús Chahin Simón, dueño de la canilla de Tlacote, para quien “el hervor destruye las propiedades milagrosas del agua”.

LA COARTADA DEL PLACEBO

Desde el primer momento las opiniones se dividieron. Por un lado, el derecho a la esperanza de los enfermos, para quienes el anhelo de probar recursos heterodoxos a fin de mitigar el dolor o de tratar de vencer a la muerte está por encima de cualquier verificación científica; por el otro, la obligación de los médicos, que debieron desautorizar aquellas fórmulas que prometen la cura mágica y universal de las más variadas patologías, con el consiguiente riesgo de que el paciente abandone un tratamiento eficaz.
En la confusión de los extremos se intentó resucitar el típico antagonismo que opone ciencia con fe o confianza bien entendida: la comunidad médica y científica con concienca ética y humanista no desconoce que el deseo de mejorar es un motor vital para el enfermo y su familia. Pese a lo cual los médicos que se atrevieron a cuestionar la utilidad terapéutica del agua recibieron duras acusaciones. “Con sus argumentos –se llegó a decir- están vulnerando la sugestión psicológica que ésta proporciona como placebo”. Poco antes del síndrome Tlacote, el doctor Alejandro Turek protagonizó un ilustrativo incidente que tuvo lugar, entre tanda y tanda, en un estudio de televisión: un charlatán que comercializa una lucrativa “terapia alternativa contra el cáncer” trató de silenciar las críticas que aquél hizo del método Hansi so pretexto de que “si usted dice lo que piensa, los pacientes se me caen”. Esta falacia es una vieja conocida. A trazos gruesos, se la puede resumir así:

A) El paciente cree que el agua cura, por lo tanto su estado de ánimo mejora.
B) El médico dice que el agua no cura, por lo tanto socava el estado de ánimo del paciente.

Falacia: Si las expectativas que los enfermos pusieron en las supuestas propiedades curativas del agua disminuyen, la responsabilidad de que ello ocurra no recae en los promotores de ilusiones infundadas sino en la objeción de los críticos.

Podríamos añadir:
A) El paciente cree que el agua cura porque alguien que se presenta como “ingeniero” dijo que había “miles de historias clínicas” que avalan sus beneficios.
B) El paciente, confiado en las propieades mágicas del agua, abandona el tratamiento médico.

Corolario: La muerte del paciente fue prematura, pero su estado de ánimo era inmejorable.

Otro corolario es más terrible y frecuente: la enfermedad sigue su curso y el paciente descubre que el “milagro” anunciado no se produce; tras advertir que fue burlado en su buena fe, agrega una nueva frustración a su lista y su estado de ánimo decae estrepitosamente.

Al intentar una radiografía de la controversia, hay preguntas inevitables: ¿Quiénes fueron los responsables del frenesí? ¿Gerardo Calabrese, el “vidente” que llegó con la noticia? ¿Los noticieros que no tuvieron el menor empacho en alentar falsas expectativas? ¿El Gobierno, que dio vía libre? ¿“El Sistema”? ¿O los médicos especializados en patologías graves que, frente al hecho consumado, reivindicaben el “derecho a la esperanza” (si bien, contradictoriamente, algunos reclamaban prudencia)?

Tal vez, el escándalo no hubiera tenido lugar si ciertos medios no hubieran dicho “agua va”. La fuente milagrosa de Tlacote estuvo rodeada por un aparato publicitario que sería la envidia de cualquier agencia de marketing, porque no hay mejor promoción que aquella noticia que permanece de un modo recurrente en televisión, así como no hay sustancia pseudomedicinal más redituable que aquella dirigida a quienes ya no tienen nada más que perder, salvo la vida. Y si la sustancia es tan barata e inocua como el agua, ¿qué más pedir?

Los medios no despreciaron ningún golpe de efecto con tal de escalar unos puntos en el rating. Imágenes de colas infinitas de gente esperando para llenar los bidones (presentadas como si fueran actuales pero con dos años de antigüedad), el testimonio emocional y agradecido de pacientes que creen haber sido curados e “informes” de médicos empleados por Jesús Chahin, formaron parte del morboso show.

La “nota de color” fue protagonizada por Gerardo Calabrese, promotor local de la poción mágica. El vidente se transformó en corresponsal de un programa de radio Continental, fue dos veces invitado a almorzar con Mirtha Legrand e hizo de notero de Nuevediario. ¿Acaso las producciones de estos programas ignoraban quién era Calabrese? El mentalista uruguayo es el mismo que, hace un año, aprovechó varias entrevistas que le hicieron a propósito de sus creencias esotéricas para explicar a quienes quisieran creerle que debían apurarse a visitarlo, ya que sus poderes paranormales se estaban extinguiendo… no sin aclarar, por supuesto, que cobraría 100 dólares la consulta. Su gato Arlequín, entre tanto, realizaba ingentes esfuerzos psíquicos para que su amo pudiera “descargar la energía negativa para seguir trabajando normalmente…”

EL JUEGO DE LOS MEDIOS

Las repetidas incursiones de Calabrese en un canal de televisión (que obviamente no realizó la menor investigación periodística previa del personaje ni aseguró “objetividad” permitiendo la más elemental réplica científica) son buena prueba de que en la Argentina los charlatanes muchas veces son indistinguibles de los medios que acunan su discurso. En medio de la desesperación de los pasajeros por recuperar sus bidones, las cámaras del noticiero de Canal 9 sólo enfocaban la insensibilidad de autoridades médicas y el fastidio de los funcionarios. Como es natural, las cámaras no apuntaron hacia sí mismas. En otros canales tampoco se oyó una sola palabra de condena hacia la participación del “canal de la libertad” en la gestación del fraude. En la sociedad argentina la hipocresía es estructural. Esta “virtud”, que no excluye a la clase dirigente, no dejó ver quiénes fueron los que tiraron la piedra para luego esconder la mano.
La gente vendió propiedades o se endeudó hasta la nariz para poder viajar a México, o que postergó o decidió reemplazar terapias convencionales por el agua curalotodo de Tlacote perdió toda libertad de elegir desde el momento en que los medios añadieron -como si el horizonte ya no estuviera atiborrado de propuestas mágicas- una nueva panacea, una nueva esperanza falsa. Calabrese habló de “comprobaciones científicas” que en México brillaban por su ausencia; mientras Chahin y sus médicos “recetaban” el agua -a la que él llama “néctar crístico astrogénico bipolar”– a través de la pantalla de Canal 9, los conductores de otros noticieros hicieron tibios intentos por emerger de la vorágine, insistiendo en que el agua mexicana “sólo era útil como placebo”.

Cuando se lo propone, el sensacionalismo mercantilista es capaz de acelerar cualquier moda, sin medir riesgos ni reparar en gastos. En casos como éste, los medios no reflejan sino crean la realidad. El proceso sólo se revierte con el tiempo, cuando el fenómeno comunicacional se extingue y surge una noticia de recambio, efecto que podríamos denominar “ring-raje” (por su parecido con el juego de los chicos que tocan timbre de las casas para luego darse a la fuga). En cuanto a la propuesta, ella queda en el aire, persiste un residuo subterráneo, conviertiéndose en otro granito de pseudociencia que contribuye al deterioro de la salud pública. Los medios ajenos a la invención de la noticia pueden hacerse eco de ella e incluso dar cabida a enfoque disidente. Pero raramente refrescan la memoria, o cuentan cómo siguió la historia.

¿Qué hubiera ocurrido si Nuevediario y sus émulos radiales y gráficos, antes de difundir el brulote, hubieran actuado con responsabilidad, es decir, acudiendo de entrada a las autoridades médicas mexicanas para informarse sobre la verdadera eficacia terapéutica del agua? Lo imperdonable: no hubiera habido noticia. El análisis realizado por la Dirección de los Recursos Naturales y la Dirección de Control Sanitario de México reveló que se trataba de agua mineral, sin ninguna propiedad medicinal.

El ingeniero químico Luis Ruiz Noguez realizó otro análisis del agua y comprobó que tampoco existían diferencias significativas con aguas de otros pozos o estanques de la región. Si ese hubiera sido la noticia, está claro que ésta nunca hubiera prosperado. Desde luego, ese no era el plan. El doctor Exequiel Ezcurra, un ingeniero agrónomo argentino que dirige esa dependencia, dijo que se sabía desde “hace tiempo Chahin montó una verdadera industria alrededor de la desesperanza de una multitud de necesitados”. En México, el delirio del agua milagrosa -que alcanzó su punto caliente en setiembre de 1991- descendió de 125 a 3,50 pesos nuevos la botella de 1 litro.

De paso recordemos que el agua milagrosa de Tlacote también se llama Crotoxina, Hansi, Apitoxina, Cartílago de Tiburón. Charlatanismo es su apellido. ¿Tiene derecho el paciente a optar por una alternativa que está el margen de la medicina científica? Sí, y es cierto que no existe mejor remedio anímico que apostar a la esperanza. Pero ¿hay derecho a que personas que atraviesan un momento de debilidad emocional sean engañadas con esa siniestra, holgada impunidad? Los charlatanes seguirán existiendo mientras exista la desesperación humana y aparezcan nuevas ideas para beneficiarse de ella.

La gran pregunta sigue siendo: ¿cuál es el límite legal que se debe superar para que una propuesta mágica, socialmente indeseable, merezca ser llamada estafa? La búsqueda de la respuesta apropiada excede largamente las posibilidades de este modesto comentario. Pero pensar en ello no deja de ser un saludable ejercicio mental.