El túnel de Querétaro

Texto tomado del libro “Anécdotas y leyendas queretanas” de Jaime Zúñiga Burgos

Existe una muy antigua conseja, que se remonta a Siglo XVIII y no pudiendo precisar sus orígenes, conserva parte de su magia hasta nuestros días, plenamente justificada, dado que nuestra bella ciudad reúne las características para que se justifiquen parciales argumentos producto de sus impresionantes construcciones, sobre todo en “la plaza de abajo”, hoy Plaza de Armas, en donde se asientan las antiguas Casas hoy Palacio de Gobierno, y que por razón natural la gente importante y más pudiente en aquella época, dio inicio al núcleo de la floreciente Ciudad de Querétaro, distribuyéndolo en tres calles que descendían del lugar de su fundación, y que son las actuales calles de 5 de Mayo, Venustiano Carranza e Independencia.

En efecto, éstas se originan, en términos generales, a partir del templo que con el tiempo se transformó en la magna obra del Convento de la Santa Cruz, convertido posteriormente en centro de evangelización para el naciente norte de México, denominado como “Centro de Propaganda FIDE”, y que se constituyó como un punto de referencia para todo México y con mayor razón para Querétaro.

Posterior al año de 1872, con la caída del Imperio comienzan muchas versiones respecto a la rendición de Maximiliano y las tropas imperiales, y la simbólica entrega de su espada a oficiales del General Escobedo, en las inmediaciones del Cerro de las Campanas, en donde se erigió un obelisco que, durante muchos años, señaló el sitio exacto de este hecho, y que se encontraba del lado poniente de la actual Avenida Tecnológico, en el tramo donde se ubica el ahora Hospital del ISSSTE, y que con el tiempo fue removido, borrando físicamente el testimonio construido para precisar el acontecimiento previo al que marcó formalmente el fin del sueño del Emperador extranjero: su fusilamiento.

Se afirmaba que Maximiliano había huido del Convento de la Cruz por “un túnel” que, pasando por debajo de la ciudad, conectaba con el Convento de Santa Clara y el propio Cerro de las Campanas y, aunque existe testimonio de reconocidos historiadores, el pueblo jura que Maximiliano, con todo y su montura y sus acompañantes, tratando de huir, se encaminaron al Cerro de las Campanas saliendo por una cueva que fue sepultada cuando la construcción del Monumento a Juárez. Cambió el entorno del cerro, cuyas piedras tenían la particularidad de que al golpearlas emitían un sonido metálico, semejando al de las campanas (los geólogos las denominan “fonolitos”).

Hasta los años sesentas, los guías de turistas tenían su propia versión de la historia y relataban que en la cueva del Cerro de las Campanas, las tropas imperiales ocultaban armas y monedas de oro conocidas como “Maximilianos”, por tener grabada la imagen del Emperador y mostrando lo que tal vez sí fue verdad ante los expectantes visitantes y turistas, un orificio de aproximadamente 20 centímetros de profundidad, por 4 centímetros de ancho, en donde supuestamente se encontraba la bandera de las fuerzas imperiales, quedando bajo toneladas de rocas la cueva, el portabandera horadado en la roca y el mito, pero no así la especulación del túnel, del que nadie podía argumentar con solidez la veracidad y la fecha de su construcción.

Parte de esta leyenda encuentra su origen en las construcciones de algunas amplias y sólidas casonas de la calle 5 de Mayo y de la propia Plaza de Armas, en donde existen “sótanos”, “pasadizos” y “cuartos subterráneos secretos En la casa de 5 de Mayo número 40, lugar habitado por la familia del Dr. Mena, en la parte del fondo, frente a la entrada principal, existe un pasadizo oculto que conduce a un amplio sótano que continúa a la casas vecinas, las dos que siguen a la pendiente que remata frente a la Plaza de Armas, incluida la casa de Don Timoteo Fernández de Jáuregui, actual sede de la Cámara de Diputados.

En la casa de Pasteur No. 12, esquina con Andador Libertad, pueden apreciar dos respiraderos en la parte baja del muro, con sólidos enrejados que a simple vista topan con pared, pero que al acercarse se aprecia su continuidad hacia abajo: son parte de un sótano que tenía su entrada en el corredor de la puerta principal, a un lado de la escalera, del lado izquierdo, y que fue habilitado como local comercial, combinado su acceso por dentro de una habitación.

Entre esta casa de Pasteur No. 12 y la Casa de Ecala, existe un corredor que se aprecia desde la parte alta solamente, y que no tiene acceso aparente por ninguna de las tres casas que lo delimitan.

En la parte del fondo a la derecha, hasta topar con el muro que divide la casa de Pasteur No. 12. la de 5 Mayo No. 16, habitada muchos años por la familia Proal Suzán, se encontraba una ventilación que se continuaba con rumbo a la escalera, y en este lugar, al realizar para su arreglo, se encontró un pasadizo subterráneo abandonado que continuaba en dirección al templo de San Francisco.

En la casa habitada en la calle de Pasteur No. 23, sede la Secretaría de Cultura, se encontró, en la casa vecina -al arreglar un piso- un sótano, amplio, con partes derrumbadas y que daban testimonio de que la señorial casona, en sus orígenes, tenía mayor extensión en su colindancia al sur, y que la casa de Pasteur Sur No. 23 fue construida en terrenos de la gran casa, la cual constaba asimismo de un cuarto secreto en terrenos ajenos, circunstancia que ignoraban los que la compraron.

En las mismas Casas Reales, en el patio que coincidía con la majestuosa y única casona de los “Cinco Patios existe un túnel que conecta ambas por la parte posterior y se pierde en terrenos de la casa de un solo piso con amplio portón y marco de cantera labrada, que pertenece a la familia Maciel.

En la parte baja de Independencia, entre Vergara y Corregidora, se utilizó un tipo de relleno aislante de humedad que consistía en poner cántaros grandes boca abajo y que juntos, pegados unos a otros, rellenaban continuamente hasta tener una superficie plana para poner el piso. Este tipo de construcción causó ansiedades desmedidas en posteriores propietarios, quienes, al ver que el subsuelo contenía una gran cantidad de cántanos, por anticipado se sintieron poseedores de probables grandes fortunas.

En pleno Jardín Zenea, en la desembocadura de la calle de 5 de Mayo, al cambiar el empedrado por adoquín en los años cincuentas se descubrió “un gran túnel”, con techo abovedado, elaborado con técnica depurada por capaces alarifes. Esto es un drenaje antiguo que está aún bajo nuestros pies.

En lugares más remotos a los descritos, fueron encontrados “secretos” de cuya existencia sólo por casualidad se enteraron los propietarios de las casas y que, al no tener ninguna utilidad en nuestros días, fueron rellenados con escombros.

Algunos sitios merecen una mención especial por su cuidada construcción, por su origen y por el efecto que siguen causando hasta la fecha Tienen “algo especial”; se percibe un ambiente difícil de describir que, al sentirlo -y este es el caso del sótano de la magnífica construcción del propio Luis M. Vega, lugar del obispado por muchos años y antes edificio que ocupara la representación en Querétaro del Santo Oficio, lugar antiguo y aunque cuenta con iluminación artificial, sigue impactando, por lo que hay que armarse de valor para explorarlo.

Las faldas del cerro del Sangremal son de roca sólida o de capas de laja, a tal grado que para introducción del drenaje en los años cincuenta, se tuvieron que utilizar barrenos y pólvora, ya que el pico y la pala resultaban ineficaces, sobre todo entre la parte localizada entre Circunvalación y Guillermo Prieto, y fueron muchos meses de arduo trabajo para escarbar no más de 1.50 metros para introducir los tubos de albañal y enterrar los de agua potable, que antes se encontraban a escasos centímetros de profundidad.

La existencia de túneles y pasajes subterráneos es real, pero en forma aislada. Es difícil afirmar que se encuentran intercomunicados y, cuando esto se da, existen bien fundados elementos para afirmar que se trata de sistemas del drenaje “profundo” de Querétaro. Los casos como el de las Iglesias de Santa Clara, Carmelitas y Capuchinas, hay que admitir que se trata de depósitos de huesos, de los famosos osarios que eran la regla en siglos pasados.

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